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La reseña sigue siendo el activo local más valioso

Entre tanto formato nuevo, es fácil olvidar lo evidente: lo que más sigue empujando a alguien a entrar por primera vez en un sitio es lo que dijo otra persona sobre él.

Y ahora, además, esas mismas opiniones son la materia prima con la que se construyen las recomendaciones automáticas que cada vez más gente lee antes de decidir. Una reseña vale hoy por partida doble.

Pedirlas no es de mal gusto

Mucha gente contenta no deja reseña sencillamente porque no se le ocurre. Pedirlo en el momento adecuado — al final, cuando alguien te dice que le ha gustado — no es incomodar, es recordar.

Contestar, también las buenas

Casi todo el mundo contesta solo las malas, y a la defensiva. Contestar las buenas cuesta veinte segundos y hace dos cosas: quien la escribió se siente visto, y quien las lee después ve que detrás hay alguien pendiente.

Cuando llega una mala

La reseña mala no la lee nadie sola: se lee junto a tu respuesta. Una contestación tranquila, concreta y sin discutir el relato entero suele dejar mejor impresión que cinco reseñas buenas seguidas. Lo que hace daño de verdad es el silencio, o entrar al trapo.

Y sobre todo, no te las inventes

Ni pedirlas a quien no ha venido, ni escribirlas tú. Se detectan, hunden la credibilidad de golpe y no hay forma de recuperarla. Diez reseñas de verdad valen más que cien de mentira.

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